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viernes, 7 de abril de 2017

BerlinDiaries #6: diferencias interculturales.


Ya se que no salgo de la dinámica de publicar una vez al mes, me vais a tener que perdonar, pero sigo sin que me de la vida. Así que poco a poco. Hoy quería escribir un post del estilo de los primeros, que nada tienen que ver con el “diario de abordo” en el que se ha ido convirtiendo este blog, desde que estoy en Berlín especialmente. Bueno, es lo que tienen estas cosas, que van evolucionando con una misma. Así que hoy os escribo sobre cinco diferencias interculturales que a una menda le llaman sorprendentemente la atención. Igual en otras ciudades de Alemania no tiene nada que ver la cosa, bueno, esto es totalmente subjetivo, está claro. Así que basándome en mi experiencia pasada y en mis vivencias actuales, aquí van:


La primera: el concepto del “helado”. Para mi tomarme un helado, no un polo, no, un señor helado, con su barquillo o su tarrina y su cucharita de plástico transparente, es un hecho totalmente asociado al verano, las vacaciones, a días de piscina, a sol y calor. Pero sobre todo a la playa, al típico paseo que me daba con mis padres cuando aún veraneaba con ellos, allá por el pleistoceno, y salíamos a pasear por el paseo marítimo de turno hasta la heladería; y me zampaba un helado con todo lo que cupiese en ese cucurucho de barquillo, que iba a reventar de tanta sustancia; y hacía tanto calor que acababa a lametones con él, porque no me daba ni tiempo a terminármelo antes de que aquello terminara de pasar a estado líquido.
Espero haberos retrotraído a vuestra más tierna infancia.

Pues aquí no, nada que ver. Aquí el helado se transforma en un acto social que realizan madres / padres e hijos cuando salen de la kita, cada tarde que sale un minúsculo rayo de sol y la temperatura es buena, o sea, más de 10ºC. Como os lo cuento. Es decir, que la temporada de helados se inauguró oficialmente hace casi un mes, cuando de repente un día el clima nos cogió a todos desprevenidos con la ropa de apresquí y le dio por hacer bueno. 

La segunda: los bolsos en la bicicleta. Bueno el hecho de que tanta gente monte en bicicleta ya me sorprende de por sí, y me encanta; es más, quiero una de esas con un cajón gigante delante, que la gente utiliza para llevar a su prole, mucho más molona que mi remolque en el que mis dos mayores ya ni siquiera caben.

A ver, que me voy por los Cerros de Úbeda, a mi, lo que realmente me sorprende es que la gente lleva el bolso en el cestito de la bici SIN ATAR. Da igual que lo lleven en el cestito delantero o en el de atrás. Lo llevan ahí, tan ricamente. Vamos que por lo que he oído es más común que te roben la propia bici si no la dejas candada con una cadena del tamaño de una boa constrictor adulta, que el hecho de que te roben el bolso de la bicicleta cuando vas en ella. Increíble. 

La tercera: los zapatos en la entrada de casa. Esto es común en muchos países de Europa, bueno en muchos países del mundo seguramente, el hecho de entrar en casa y quitarte los zapatos y andar descalzo o en zapatillas de estar por casa. Está muy bien, es más higiénico; no llenas el suelo de mierda barro, nieve, etc. A mi lo que me llama la atención es tener prácticamente todo tu zapatero en la puerta de tu casa, quiero decir, por fuera, o sea, en el descansillo de la escalera. Debe ser por lo mismo que comentaba antes, das por hecho que ni tus vecinos, ni el cartero, ni ningún mensajero te va a mangar los zapatos. Al principio esto me sorprendió muchísimo, luego decidí adaptarme, ya se sabe que donde fueres, haz lo que vieres, así que compré una mini estantería de IKEA dedicada a recoger estos zapatos que dejas fuera, y he me he acostumbrado tanto a esto, que creo que cuando vuelva a España seguiré haciéndolo. Eso sí, con el mueblecito dentro de mi casa.

El caso es que yo suelo tener las zapatillas de todos los días y las botas de agua, como mucho dos pares por habitante de la casa. Pero el vecino del quinto no se ha andando con chiquitas y ha puesto tres torres de zapateros de IKEA de los de plástico. Sales del ascensor y no sabes si estás en el descansillo o en un vestidor. Y el hombre vive sólo! Y mis vecinos de enfrente, tienen como 20 pares, en serio, no exagero; tienen tantos que a veces tengo que pisoteárselos para poder salir del ascensor con el carro de Vera porque ocupan más de medio pasillo. Espero que mis vecinos no lean este blog. 

La cuarta: hacer planes con amigos con un mes de antelación. Eso es algo a lo que dudo que pueda acostumbrarme nunca. Creo que los españoles somos mucho más espontáneos. Aquí para organizar una comida de amigos tienes que mandarles un "save the date", y luego ya si eso, organizarlo para dentro de un mes. Eso de encontrarte o hablar con alguien y decir: 
- Hey! qué pasa! qué tal? qué haces este sábado? 
- Uy pues tengo planes, pero el domingo estoy libre. 
- Venga pues hecho, nos vemos a las dos en tal sitio. 

Eso aquí es impensable. La organización y la antelación a veces rondan el extremismo. Sólo os digo que hay gente que matricula a sus hijos en la guardería cuando aún están embarazadas de uno o dos meses.

El quinto y último: la cena. Aquí la cena no es como en España. En España se cena igual que se come. Bueno igual no, no te cenas un cocido, o unas lentejas; pero la cena sigue siendo una comida más que una merienda. Aquí la cena es una “cena fría” y yo añadiría que escasa. Y se basa en una rebanada o dos de un pan de molde, tan denso que es como ormigón armado, y unas lonchas de queso, jamón york o pavo. Y ya. Imaginaros mi cara cuando tuve a Vera y en el hospital me trajeron eso para cenar. Bueno eso, y un pepinillo que era tan grande como la palma de mi mano.

Yo me pregunto aún como esta gente no se levanta a las dos de la mañana y asalta la nevera con nocturnidad y alevosía, si eso es lo que cenan a las siete de la tarde. Yo ya me he acostumbrado al horario de cena alemán, pero sigo cenando “a la española”, sobre todo en invierno, con ese frío, esa nieve, esa lluvia, ¿a quien le apetece embutido frío pudiendo tomarte una buena sopa calentita con su segundo plato y su postre?. Vamos que si yo me voy a la cama sobre las diez, habiendo cenado eso a las siete, a mitad de la noche me veo mordiéndole el brazo a Macho Alfa.

Y hasta aquí las diferencias interculturales que he ido observando hasta ahora. Habrá segunda parte de este post. Eso garantizado.

Espero que os haya gustado, y sobre todo, que nadie se me de por ofendido si también cena “a la alemana”, planifica sus cosas con meses de antelación, o si también tiene invadido el descansillo de su casa con zapatos como para calzar a todos los vecinos del edificio.


¡Feliz viernes!

lunes, 13 de marzo de 2017

BerlinDiaries #5: Y llegó la pequeña berlinesa!

Llevo más de un mes y medio para escribir esta entrada. Y sí, ya se que la excusa de “es que no tengo tiempo”, no cuela, simplemente tengo otras preferencias vitales, como dormir en este caso. La verdad es que no me puedo quejar, Vera es una bendita y duerme bastante bien por las noches para tener dos meses, pero aún así yo me voy arrastrando por la vida. Los niños me tenían “demasiado bien acostumbrada” durmiendo  del tirón toda la noche y ahora zasca!

Bromas a parte, quería contaros como nos había ido desde la última entrada y la mayor novedad desde entonces es que la pequeña berlinesa nació el 14 de enero! Después de mi terror de que la niña llegara antes de tiempo sin nadie de la familia aquí, lo que hubiera supuesto 1) que hubiéramos tenido que dejar a los niños con los vecinos alemanes; o 2) que yo me hubiese tenido que ir a parir sola, resulta que la niña no sólo no se adelantó sino que llegado su día, no había ningún atisbo de que aquello progresara. El día 12 de enero mi ginecóloga me dijo que la niña estaba todavía muy arriba y que la cosa tenía pinta de ir para largo, y yo salía de cuentas al día siguiente, así que teniendo en cuenta que mis suegros llevaban ya varios días aquí a la espera del nacimiento, que no les quedaban más uñas que morderse, y que se iban en otros pocos días, no podía arriesgarme a que se marcharan sin que hubiera nacido, y comencé oficialmente mi entrenamiento para el parto, o lo que cariñosamente llamo “entrenamiento Bootcamp”. Si, como los militares, desde que en mi primer embarazo mi amiga Ainhoa, creadora de esta técnica revolucionaria, me lo enseñase. Y ¿en qué consiste?, pues en andar, pero en andar, ANDAR, o sea, andar en el punto en que andar deja de ser “andar” para empezar a ser “correr”. Como se suele decir, andar a un ritmo que no te permita casi ni tener una conversación con tu compañera de fatigas. Dicho y hecho, ese mismo jueves empecé con 5 km por la tarde, al día siguiente fui a recoger a Macho Alfa al trabajo y en total hice otros 10 km, 5 de ellos acompañada por él en solidaridad conmigo. Y el sábado hice otros 7,5. Y como en los otros dos embarazos, funcionó de maravilla. Empecé con contracciones a las dos de la tarde y a las cinco y cuarto lloraba sin poder ni querer contener la emoción al tener a Vera encima de mi pecho por fin.

El momento parto me daba un poco de miedo terror, no por el parto en sí, sino porque me tocase un médico, enfermera, etc que no hablase ni papa de inglés; que hablasen español me hubiera parecido un milagro… pero por suerte la matrona que nos tocó se defendía más o menos y fue todo amor con nosotros. Fue totalmente diferente a España, para empezar porque llegué y me metieron en una habitación donde había una especie de cama grande y una bañera con unas cintas colgando del techo en plan el circo del sol, así que interpreté que podía dar a luz en la cama, en el agua, o ¿colgada de alguna manera?. Tampoco nos íbamos a poner a innovar en ese momento… pero ni rastro de chismes para poner los pies y no poder moverte de postura, ni rastro de material quirúrgico… quizá muchas que me leáis hayáis tenido partos así, o en sitios así, pero para mi era toda una novedad.

Al llegar lo primero que le dije, para que no tuviéramos malos entendidos, fue, -Hola estoy de parto, y quiero una anestesia epidural, por favor-, con la cara un poco compungida y una contracción que me partía en dos la cintura. Y la matrona me miró raro, y me dijo, “¿Pero estás segura?”, -Ya empezamos a tocar las narices con el tema- pensé yo. “Es que puede retrasar mucho el parto”, continuó ella. Yo con una sonrisa y ya sin contracción le dije muy amablemente, que prefería un parto indoloro de quince horas que uno “a pelo” de tres. Como vio que no era alemana, debió pensar, “ésta no nos lo aguanta”, y por fin fue a llamar a la anestesista. La dosis que me pusieron fue lo suficientemente baja como para que pudiera sentir y mover las piernas pero perfecta para quitarme el dolor, que era todo mi propósito. Así que Vera llegó al mundo en poco más de tres horas para hacer a su madre la persona más feliz del mundo en el momento en que me la pusieron encima y me medió miró con esa mirada de topillo de los bebés que en realidad ni ven, pero intuyen, oyen y huelen que su madre está ahí.

Y qué olor tenía, el olor de los bebés es algo indescriptible, y le dan a una ganas de pasarse las horas muertas oliéndole la coronilla a la personita recién nacida, y sin darnos cuenta se va desvaneciendo poco a poco… deberían venderlo en botellas.

Y desde que ha llegado a esta familia de locos, nuestra rutina,  que nos había costado sudor y lágrimas establecer, por suerte no se ha visto demasiado afectada. Los niños están en la kita encantados, y súper adaptados, aprendiendo sin darse cuenta cada día más palabras de alemán. Temo seriamente el día en que me empiecen a hablar en alemán a mi, aunque por otro lado igual así ellos mismos me enseñan… Adoran profundamente a su hermana, y me ayudan un montón con ella. Maya le intenta poner el chupete cada vez que abre la boca, la pobre se lo sujeta contra la boca hasta que Vera deja de forcejear con la lengua y lo coge. Debe pensar, “con lo tozuda que es mi hermana, mejor me dejo el chupete y ya lo escupiré cuando se de la vuelta”. Y qué razón tiene! Cuando a la rubia se le pone algo entre ceja y ceja… Y Enzo, cada vez que Vera protesta o hace un amago de echarse a llorar me dice –Mami Vera está protestando-, aunque yo misma esté al lado de Vera, por si acaso estoy en la inopia y no me doy cuenta, imagino. Muy atentos ellos.

Yo por mi parte voy haciendo pequeños avances con el alemán gracias a un par de aplicaciones del móvil, que es más o menos lo único que puedo hacer dado que me paso unas 12 horas al día amamantando a la lechona (así se está poniendo la tía). Así que poco a poco voy tomando contacto con el idioma y perdiéndole el miedo.

Y después de casi siete meses aquí podemos decir que tenemos ya nuestra vida más o menos hecha, incluso con una reducida pero intensa vida social. Al final poco a poco, las cosas se van colocando en su sitio.

Prometo retomar el blog poco a poco, aunque sea a base de escribir como lo estoy haciendo ahora, con Vera dormida en su hamaquita-balancín mientras la meneo con la pierna como si estuviera cosiendo en una máquina antigua. Las agujetas que voy a tener cuando termine, bien valen haber podido publicar una nueva entrada.

¡Feliz lunes! 

martes, 25 de octubre de 2016

BerlinDiaries #4: Nos vamos "alemanizando" poco a poco...

Llevamos unas semanas en las que no nos da tiempo a nada. No es que hagamos los niños y yo mucho más allá de nuestras rutinas de paseos por el lago, alimentar a los cisnes y a los patos, que los tenemos a los pobres cebados de tanto pan, ir a la compra, y recados varios por el estilo. El resto es un poco lo de siempre de buscar mil pequeñas actividades para tener a los niños entretenidos. Y entre actividad y actividad, ir buscando huecos para seguir con la búsqueda de kita y de hospital para dar a luz. De momento lo de la kita va evolucionando favorablemente! he conseguido una bilingüe español-alemán, donde me cogen a los dos a la vez, y encima está a una distancia prudencial andando desde casa, con lo cual debería estar llorando de la emoción, pero están en obras por lo que no empezarían hasta enero. Bueno, no queda tanto, podría estar así dos meses más… pero al agotamiento mental y físico que tengo se le añade la preocupación de que no quiero que el choque de meterles en la kita, coincida con la llegada del nuevo miembro de la familia. Igual me estoy preocupando en exceso, pero creo que tanto lo uno como lo otro son eventos suficientemente relevantes como para no juntarlos en el mismo mes, en la medida de lo posible… Así que sigo con la búsqueda, para tener algo de “repuesto” hasta que puedan empezar. ¡Veremos qué encontramos! 

Cambiando de tema, la semana pasada tuve un golpe de suerte que ha dado un giro de 180 grados a nuestras vidas. Estaba en el lago con los niños, que estaban metiéndose en un tronco hueco gigante, y de repente veo a otra madre con dos niños esperando para que los míos salieran y poder meterse ellos. ¡Y de repente oigo que les habla en español! Sonaron trompetas celestiales de fondo y las nubes se abrieron y salió un arcoíris multicolor en el cielo… bueno, no fue así, ¡pero casi!. Inmediatamente nos pusimos a hablar, y terminamos sabiendo que somos vecinas, y que tenemos las mismas rutinas de paseos y alimentar aves, así que ayer por fin los niños tuvieron compañeros de aventuras para ponerse de barro hasta las orejas, que siempre es más ameno en compañía. Yo soy consciente de lo que echo de menos a mis amigos y a mi familia, pero no era consciente hasta qué punto Enzo echaba de menos a los suyos. Es cierto que casi todos los días me lo dice, y se enfurruña un poco cuando le digo que aquí tendremos otros amigos, y que su cole está muy lejos como para seguir yendo, pero ha sido al verle jugar como loco con su nueva amiguita e ignorarme durante varias horas seguidas, cuando he sido consciente de lo que puede llegar a extrañarlo.

Yo echo de menos todo, enormemente, pero gracias al fin de semana que fuimos a España hace quince días, he podido volver con las pilas recargadas para afrontar con mejor humor los meses que me quedan por delante sin poder volver. Ver a los amigos de siempre, a la familia, te da fuerzas como nada. Le empapé el hombro a un par de amigas en una boda (¡a la novia no! menos mal que pude contenerme), pero es que entre las hormonas y esta morriña que tengo, estoy que no me aguanto ni yo! (gracias, chicas). Y es cierto que me estoy “acostumbrando” a mi nueva situación de bimadre 24 horas al día, y lo llevo mucho mejor, no voy a ir ahora de que me paso el día llorando por las esquinas porque no es la verdad. A lo mejor es que como empiezo a ver la luz al final del túnel (aunque haya que esperar hasta enero), me lo tomo con una nueva filosofía.

Y poco a poco nos volvemos más alemanes en esta familia: cenamos a las siete y media de la tarde, nos da igual no tener cortinas en casa y que nos vea todo quisqui desde la calle, (en serio, no entiendo como las persianas no se han extendido al resto de Europa); yo ya respondo cuando me llaman Frau+apellido; compramos yogures en tarrinas de un kilo; y los niños ya tienen sus pantalones de guarreo, que aquí es un must. Os explico, pantalones de pescador de toda la vida, lo que viene siendo un peto impermeable para ponérselo encima de la ropa, hacer la croqueta en el parque lo que les apetezca y volver de mierda barro hasta los dientes sin que pase nada, porque le das un agua a los pantalones y listos para volverse a usar.

En serio, este es el mejor invento del mundo, ¿cómo es que no ha llegado a España?. Los hay en modalidad solo impermeable; otros con un poco de forrito para cuando empieza a hacer fresquete, y los de invierno ya en plan mono de esquí en toda regla. Así no hay excusa para no salir a la calle el típico día tonto que piensas, “uf, si es que el parque va a estar hecho un barrizal…pero los niños se están subiendo por las paredes…”. Esto reafirma la teoría de mi amiga Elvira de que no hay mal tiempo, sino ropa inadecuada.

De momento estas son nuestras andanzas por aquí, adaptándonos poco a poco a nuestra nueva vida. De mi reinvención como mujer “a la berlinesa” no hablo porque tengo asumido que se va a retrasar sin fecha fija de comienzo, pero todo llegará, sólo tengo que seguir dosificando mi paciencia hasta entonces (póngasele tono irónico a esta última frase).


¡Feliz martes!

martes, 27 de septiembre de 2016

BerlinDiaries #3 Ya casi un mes...

Parece que después de casi un mes las cosas empiezan a ponerse en su sitio (muy despacio, eso sí). De momento hemos conseguido el Kitagutschein (cheque guardería) y ahora lo que nos falta es la guardería donde tengan plaza en sí, cosa complicada en Berlín… veremos si hay suerte. 

Yo entre tanto tenía que buscar ginecólogo aquí para poder seguir con las pruebas pertinentes del embarazo, así que después de mucho indagar en foros de internet buscando opiniones, referencias, experiencias, etc, me decidí por una doctora que hablaba castellano, relativamente cerca de casa, y el viernes por fin tuve consulta. A parte de hacerme la prueba del azúcar, tuvimos una pequeña entrevista para conocernos y ponernos un poco al día mutuamente. 

Los otros dos embarazos los llevé en Madrid a través de un seguro privado, sabiendo que mi ginecólogo era el que me llevaba el seguimiento durante todo el embarazo y además me asistiría en el parto. Aquí ella me llevará el seguimiento y luego tengo que elegir el hospital que mejor me venga o el que más me guste, y por mi cuenta irme allí a hacer una entrevista con ellos en plan “¡Hola!, quiero dar a luz aquí si a ustedes les viene bien” mes y medio antes de la fecha prevista. Una vez allí ya te atiende el día de marras un ginecólogo o una matrona, el que esté, eso como cuando das a luz en la pública en España, ¿más o menos no?

A mi había un tema que me tenía en especial inquieta, y es el asunto de la epidural. No voy a entrar en debates de si es mejor o peor, porque me parece algo tan personal como cualquier otra decisión respecto a este tema, sólo os cuento mi experiencia. Por todo lo que había leído en foros, etc., aquí no es para nada habitual. Y cuando le pregunté a la ginecóloga corroboró mis sospechas. Tal cual me dijo que “aquí no se usa”, que las mujeres alemanas daban a luz de forma “natural”. Yo debí abrir los ojos como platos, porque me sorprendió bastante su comentario. Una cosa es que no sea lo habitual, pero si yo pregunto específicamente por ello, espero una respuesta con las distintas opciones que tengo, si es que las tengo, no que me metas presión diciéndome que las mujeres alemanas son más fuertes y por eso no la piden, y que ponerse la epidural es "antinatural". Así que le contesté que para empezar, y como ya se habría percatado seguramente, yo no era alemana; para seguir, que ya tenía dos hijos y sabía lo que era una contracción al 40%, y no necesitaba saber cómo es al 100%.  Repito lo de antes, que cada una de a luz como mejor le parezca, en un hospital, en una clínica, en su casa, por la pública, por la privada, con epidural o sin ella, pero yo, llamadme cagueta, no quiero pasarlo mal pudiendo hacer el mismo proceso sin sentir dolor. Es posible que siendo el tercero casi se me caiga de camino al hospital y llegue y no de tiempo a que me la pongan, eso es otro tema; pero que no me la pongan porque aquí “las mujeres alemanas no lo piden porque son muy fuertes”, pues mira, no. Yo soy débil, y lo admito, así que doble chute de epidural para la servidora.

Por lo demás la ginecóloga fue encantadora, (no es ironía), no se muy bien por qué le salió esa vena de supremacía aria en ese momento, (sobre todo teniendo en cuenta que ella no es alemana), pero no le daré mayor importancia, ya que la voy a ver exclusivamente en las pruebas necesarias antes del parto.

Además luego comentando con algunos conocidos, le epidural en sí la tengo que “gestionar” con el hospital el día que vaya a hacer la entrevista con ellos, así que iré ya con la lección aprendida para que no me sorprenda tanto si me contestan algo similar.

Por lo demás seguimos descubriendo y aprendiendo cosas, e integrándonos poco a poco como buenamente podemos, hablando inglés o español, porque alemán aún ni papa. Y los niños parece que reaccionan un poco mejor a las aproximaciones de otros niños en el parque, que hasta ahora se llevaban un “¡eso no se dice, niño!” cuando cualquiera se les aproximaba diciendo seguramente algo como “puedo jugar contigo” o “me dejas ese palo?”. Ahora sólo les miran expectantes, como esperando a ver si pueden adivinar lo que les han dicho según el siguiente movimiento del niño en cuestión. Los pobres están desarrollando sus habilidades sociales y su diplomacia a la fuerza. 

Me están gustando muchas cosas de Berlín, para empezar su aire relajado en general, es muy distinto a España. Otra cosa que me gusta y a la que pensé que tardaría más a acostumbrarme es a los horarios "nórdicos". Eso de cenar a las siete de la tarde no lo veía. Bueno, no voy a exagerar, cenamos a las siete y media más o menos, pero es cierto que el día parece que te cunde más cuando un sábado adelantas todo tres horas y a las nueve de la noche estás de vuelta en tu casa después de haber dado un paseo, cenado con unos amigos, charlado un par de horas, y vuelto a casa, (cenando a las seis, claro). Hablé con mi madre después de cenar (yo) y ella acababa de levantarse de la siesta, como hubiera hecho yo cualquier sábado en Madrid. Typical Spanish siesta, para que nos entendamos. 

Me despido por el momento, porque Maya se me está subiendo encima del teclado e intenta escribir ella su propio e ininteligible post con sus deditos rechonchos, así que doy esta entrada por finiquitada.


¡Feliz martes!

miércoles, 14 de septiembre de 2016

BerlinDiaries #2 Después de dos semanas...

Después de dos semanas... instalarse en Alemania no está resultando tan sencillo como lo fue cuando me fui a vivir a Inglaterra hace 8 años. Obviamente porque ahora llevo  la “mochila” de los niños y no puedo campar a mis anchas mientras Macho Alfa trabaja, lo cual está resultando bastante más complicado de lo que esperaba. Diez u once horas desde que se despiertan hasta que llega el relevo paterno son muchas horas juntos, y llega un momento en que no nos aguantamos mutuamente. Mi espacio o tiempo particular ha quedado reducido a la nada más absoluta, y cuando llega el momento en que disfrutar de hacer un pis a solas, se convierte en un lujo fuera de tu alcance, es que la cosa está ya pasada de rosca.

Para más inri Enzo está viviendo su “primera adolescencia”, y está en plan rebelde-way a todas horas. Cada vez que le digo algo, cualquier cosa, desde “ve a hacer un pipí” a “por favor Enzo, recoge tu habitación”, me suelta “pues tú no me digas eso” y se va con paso digno y enfurruñado. Y lo peor es que Maya que es un monito de repetición, va y me suelta lo mismo con su lengua de trapo esta tarde cuando la he regañado por quitarse el pañal y la ropa en medio del salón e ir corriendo en bolas por toda la casa. Con su par de dos, va la tía y me suelta algo como “y-puu-no-me-dia-eeeesoooooooo”, y mi cara, un poema, claro.

Así que así nos las gastamos, yo hoy me río por no llorar, porque ha sido un día muy largo y muy duro. Como os contaba, la vez de Inglaterra fue mucho más fácil al ir dos adultos solos, por supuesto, pero es que en este caso la barrera del idioma está suponiendo unos obstáculos mucho mayores de lo que imaginaba. He debido oír unos cuantos cientos de veces la frase “pero si en Alemania todo el mundo habla inglés”. ¡JA! Vete a solicitar el cheque guardería o a empadronarte a cualquier junta municipal de España, que es donde se gestiona eso aquí, y más o menos el mismo inglés que te hable cualquiera allí, será el mismo que te hablen aquí en Berlín. O sea, nada.

El tema del empadronamiento ya os lo conté en el post anterior y está más o menos resuelto. Ahora lo que ocupa mis pesadillas es la kitagutschein. Es el equivalente inversamente proporcional al cheque guardería español, me explico: aquí las Kitas o guarderías de gestión privada, te solicitan de primeras el kitagutschein, que es la parte de la mensualidad que reciben del Estado. En este caso te las dan según las horas que dejes a los niños, entre unas 5 y 9, y eso se traduce entre 300 y 550 € que el Estado paga a la guardería. El resto, (que no siempre hay un resto), lo pones tú. Los que tengáis hijos y hayáis solicitado el cheque guardería, entenderéis ahora por qué he dicho que es lo inversamente proporcional. En España te dan 100 € y el resto lo apoquinas tú, que suele ser un pastizal. Hasta ahí todo genial por poder disfrutarlo, estamos a la espera, a ver si llega pronto y los niños pueden empezar a ir a la Kita, empezar a relacionarse con otros niños, empezar a aprender alemán, y empezar a traducir a su madre desquiciada, o sea, la menda. Y yo con un poco de suerte poder empezar a dar clases de alemán, o a estudiar por mi cuenta, y tener tiempo de centrarme un poco, que estoy ahora mismo como una peonza.

Por lo demás esta semana se ha pasado volando porque hemos tenido la visita de los suegris, que se han marchado esta mañana, y es cierto que aunque no hemos parado, nos ha dado más margen para respirar un poco, (he podido ir varias veces al baño sola, no os digo más). Que nadie se eche las manos a la cabeza que ya me veo los pensamientos de “esta loca solo reniega de sus hijos”,  que quien tenga dos hijos y no sienta lo mismo que yo después de varios meses todo el día con ellos, es que miente como una bellaca. Obviamente yo por mis hijos MA-TO, pero una es persona y mujer también, (aunque a veces no lo parezca). 

Dicho esto, lo poco que he ido haciendo de turismo por aquí, me está gustando mucho. Alucino con mi barrio y con el lago que tenemos al lado de casa, no se si se apreciará en la foto, pero eso del fondo viene a ser como el sitio más cotizado de los alrededores en los días de calor. Es como el club náutico, para ponernos en plan fino, pero en versión lago en medio de la ciudad. Este minilago con orillas inclinadas que no medirán más de 3 metros de ancho, está de bote en bote, y lo mismo te encuentras una familia con sus niños pequeños, que a medio metro tiene una panda de hipsters tocando el uquelele, que a medio metro tiene un grupo haciendo una barbacoa con una barbacoa portátil, que a medio metro vuelve a tener la familia de niños pequeños. Todos ahí apiñados como piojos en costura, y en feliz armonía y convivencia. Esto me encanta. Todavía no he sentido el calor abrumador que deben sentir ellos, (estamos a unos 25 grados) como para que me de por meterme ahí con los dos enanos, buscar ubicación entre tanta gente requiere más pericia que encontrar primera línea de playa en Benidorm en pleno agosto. Pero oye, el ambiente de convivencia y “cada uno a su bola” que se respira, me gusta.

Weissensee

Tengo ganas de tener tiempo y poder perderme durante horas en un museo como la auténtica guiri que soy en esta ciudad.

Y con esto y un bizcocho, me despido, que Macho Alfa acaba de llegar de viaje y voy a disfrutar de mi primera conversación del día con un adulto. Enzo es muy maduro para tener casi cuatro años, pero a tanto no llega mi pobre.

¡Feliz miércoles!