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viernes, 12 de julio de 2019

Cosas que salen cuando una tiene ganas de escribir...

Octubre de 2017, madre mía, con lo que a mi me gusta escribir y desde entonces no he escrito ni una entrada. Cierto es que me explayo en algunas fotos de Instagram lo que no está escrito, pero no es lo mismo, para qué nos vamos a engañar. Así que discúlpenme por el rollo que me dispongo a soltarles, pero una viene con ganas. 

Y es que después de varias semanas de vacaciones con siesta diaria de dos horas, hoy he decidido ganarle al reloj ese par de horitas, (y quitárselas al consiguiente insomnio nocturno derivado de levantarse de la siesta a las seis de la tarde), y sentarme a escribir. Que me lo he ganado. Después de todo he estado haciendo una hora de escritura y matemáticas con Enzo, le he pintado las uñas con purpurina a Maya, (nunca es suficiente brilli brilli), y la pequeña berlinesa se ha quedado dormida sobre la cómoda y acolchada tripa de su padre en el salón, con charquito de babas incluido, qué idílico, y lo digo sin una pizca de ironía.

Siempre podría buscar cosas que hacer en la casa, pero me niego. Me he sentado con el ordenador dispuesta a escribir seguida de Maya que se ha sentado a mi lado y me ha preguntado “¿qué vamos a hacer, mami?”. Yo, cara de circunstancia, “voy a escribir”. Y ella “vale, escribe el cuento de los tres cerditos”. Yo, más cara de circunstancia, “no cariño, voy a escribir lo que me salga, las cosas que pienso y siento”. Ella, con ojos de curiosidad, ha decidido no añadir más a la conversación y se ha marchado con sus uñas resplandecientes a ver el tenis con su abuela. Aún no me creo que haya conseguido quedarme sola en una habitación. Lloro por dentro de la alegría y el entusiasmo de disfrutar de minutos en soledad para escuchar el silencio, o en este caso, los pájaros foráneos (parecen cacatúas) que defienden el territorio invadido volando como aviones caza alrededor de las casas, (como vuelen bajo un día y se nos cuelen en el jardín, estamos aviaos, ¡qué agresividad, señor!); el partido de tenis que están viendo la abuela y Maya, el de verdad que están jugando los vecinos de enfrente, y las motos trucadas que suben y bajan por la calle principal como carracas con sus tubos de escape escacharrados adrede.

Y es que el verano es lo que tiene, que tienes tanto tiempo que te aburres de no hacer nada, pero tampoco haces nada en concreto y pierdes todo ese tiempo en eso mismo, en no hacer nada, dolce far niente siempre suena más cool, donde va a parar. Sobre todo cuando uno veranea en verano. Del verbo veranear, que no es lo mismo que irse de vacaciones. Mi concepto de veranear está muy claro y definido, uno se va a un lugar donde se encuentra como en casa, y vaga rutinariamente de la casa a la piscina o playa, de ahí al aperitivo donde no puede faltar tinto de verano, patatas fritas y aceitunas, come, se echa dos horas de siesta, o tres, lo que se tercie; se levanta, merienda, se deja caer de nuevo en la playa o piscina hasta que el sol diga hasta mañana, se da un paseo por el paseo marítimo, cena en casa o en un chiringuito, y se mete un helado de medio litro de Kinder Bueno entre pecho y espalda. Esto último es de vital importancia, como se podrán imaginar. 

Eso, es veranear para mí. Irse de vacaciones no tiene nada que ver con eso, irse de vacaciones es cogerte un avión para irte a un sitio donde seguramente no pares de visitar monumentos, o museos, o incluso playas, pero no con esa parsimoniosa calma y completa ignorancia del día u hora en que se vive con la que uno veranea. Pero esto es sólo mi forma de verlo.

El caso es que nosotros este verano hemos veraneado de lo lindo. Y la semana que viene los retoños se quedan dos semanas más de veraneo con los abuelos, para darles un respiro de nosotros, y a nosotros para darnos una botella de aire que nos durará meses.  No solo porque mi señor esposo y yo nos vayamos solos, lo que es solos, de vacaciones, ahora sí, cosa que no ha sucedido en los últimos 4 años, y que realmente necesitamos como agua de mayo. Sino por el hecho de las energías que uno puede llegar a perder cuando está tres semanas non-stop con su prole. Este eterno yo por mis hijos ma-to, en contraposición del por dios, que se duerman ya. Y lo mismo que tiene veranear de fabuloso, esas siestas de dos horas, ese no mirar el reloj, lo tiene de aterrador, porque con una siesta de 3 a 5, a ver quien es el guapo que mete a sus hijos en la cama antes de las doce de la noche. En fin… que siempre nos quejamos de lo que no tenemos. Y así como ahora, no me quejo de lo que tengo, pero sí miro con anhelo el momento en el que esté subida en el avión rumbo de vuelta a Berlín, para trabajar unos días, que una de vez en cuando también trabaja; y sueño con esos días con mi señor marido en la playa, o en un restaurante, o paseando, sin pequeños humanos corriendo alrededor. Pero también sé que pocos días después estaré mirando sus fotos en el móvil y deseando hablar con ellos y escuchar sus voces por teléfono. Por otro lado esa espera seguramente se me hará más llevadera mojito en mano viendo el atardecer desde Menorca. Lo dicho, la bipolaridad de la maternidad. 

En fin, que yo venía con muchas ganas de escribir, pero quinientas palabras después, vuelvo a estar rodeada de personas, que poco a poco me han ido trayendo la fruta para merendar en la mesa de la terraza, y mi bañador para que me lo ponga diciéndome sin decirme que lo que toca después es la piscina. Esta rutina nos la sabemos todos bien. Maya y Enzo se pelean ahora por el último croissant de chocolate del Mercadona, y esto me indica que tengo que ir finiquitando mi entrada a la velocidad de la luz. Así que sin más, me despido y les deseo a todos ustedes unas felices vacaciones, un buen veraneo y un buen verano en definitiva, hagan o que hagan y lo pasen donde lo pasen.  

¡Feliz verano!

sábado, 21 de octubre de 2017

Los "yo nunca" más memorables de mi maternidad, (por ahora)

Hace un siglo que no escribo en el blog, de lo cual no me siento nada orgullosa. Y la excusa de que la vida no me da, cuando se usa para todo, empieza a sonar cansina… así que dejémoslo en que aquí estamos de vuelta, y haremos como que no ha pasado nada.

Desde que soy madre, y creo que como nos habrá pasado a todas las madres, me he tenido que comer muchos “yo cuando sea madre nunca...”. Ayer me puse a pensar en ello y lo que empezó como una pequeña reflexión, ha terminado como una entrada nueva del blog. Además con cada nuevo hijo, voy sumando a la lista. Así que por qué no llamarlo “Los “yo nunca” más memorables de mi maternidad”?


Empecemos:

#1: Yo nunca colecharé: bueno, en este caso ese “yo nunca” suena muy drástico, pero es así, siempre he sido de “cada uno en su cama”, y he podido cumplirlo más o menos con Enzo y con Maya, pero entre la llegada de Vera y el cambio de vida a Berlín, últimamente nuestra casa por las noches es un caos entre despertares nocturnos, tomas de teta, toses, fiebres…, así que nos hemos rendido, y hemos acabado comprando una cama de 180x200 para que si al menos tenemos “visita” nocturna, no nos despierten. Otra cosa es que media hora después te despiertes porque te dan un manotazo en la cara o porque te encuentras una rodilla clavada en los riñones… a eso aún no le hemos encontrado solución.  A mitad de la noche hacemos “repartición” de niños de nuevo, cada mochuelo a su olivo cuando ya están profundamente dormidos, e igual con un poco de suerte podemos aguantar así hasta el día siguiente. Así que sí, a ratos, pero acabamos colechando por pura supervivencia.

#2: Yo nunca les chantajearé para que hagan algo: Mentira, y de las gordas. Utilizo el chantaje casi todos los días, incluso varias veces al día algunos días. Mis hijos bajo chantaje funcionan de maravilla en situaciones en las que hay una alta probabilidad de desmadre, como por ejemplo, ir a hacer la compra. Así que llegamos al súper mercado, y lo primero que hacemos es ir a coger un yogur líquido de estos tipo el Danonino, no se ni cómo se llama la marca alemana, nosotros le seguimos llamando Danonino. Y una vez con el Danonino en la mano, cualquier conato de sublevación se resuelve con un “no hay Danonino ¿eh?”.
Soy perversa, lo sé. Pero ir a la compra con tres niños es una misión de alto riesgo, y una tiene que ingeniárselas para sobrevivir a ello.

#3: Yo nunca mentiré a mis hijos: puffff, por dónde empezar… bueno, ya que nos habíamos quedado en el súper mercado, puedo contaros que cada vez que vamos, suprimo los impulsos consumistas de los niños ante cualquier cosa con un “vale, lo apunto para la lista de tu cumpleaños” o un “claro, lo ponemos en la carta para los Reyes Magos”, lo que antes toque.

Sí, ya sé que debería pararme y hacerles pensar en si realmente necesitan ese huevo Kinder, o ese cuento, o esa bolsa de patatas fritas, o esa revista con el juguete-regalo más chungo del mundo, pero me pide tantas cosas por pasillo cada uno de los dos, que si tuviéramos que estar reflexionando con cada una, nos echarían cada día a la hora de cerrar. Así que todo va a las “listas” que mamá tiene “en su cabeza”. Por suerte la pequeña de momento lo único que pide es teta, veremos cuando empiece a hablar…
Si estáis pensando que soy una madre horrible, leed la última frase del #2 otra vez.

#4: Yo nunca perderé la paciencia. Creo que igual si tengo tres o cuatro hijos más, consigo quitarme este “yo nunca” de mi lista, porque voy desarrollando la paciencia a medida que tengo hijos. Pero de momento ahí lo tengo, soy humana y pierdo la paciencia muchas más veces de las que aparento. Imagino que con el primero aprendemos todos, incluso a tener algo más de paciencia que antes de la maternidad cuando era yo-mi-me-conmigo. Con el segundo hijo, ya tienes experiencia, y eso siempre es un grado. Creo que en mi caso, con la llegada de la pequeña berlinesa, estando aquí solos, no me ha quedado más tu tía que desarrollar la paciencia hasta límites insospechados. Así que be water, my friend.

#5: Yo nunca les pondré una película en bucle para poder tener un rato de tranquilidad. Bueno, he de decir que siempre he sido un poco estricta con el tema de la tele, y desde hace ya tiempo tenemos decretado “apagón tecnológico” en casa de lunes a viernes, así que los fines de semana levantamos un poco la mano, y si en la calle caen chuzos de punta, tampoco pasa nada por ver Frozen tres o cuatro veces en 48 horas. Let it gooooooo, let it goooooooo!

#6: Yo nunca les compraré a mis hijos unas zapatillas con luces. Esto puede sonar a coña, pero es cierto, siempre me habían parecido la mayor horterada del mundo esas botas o zapatillas que se iluminaban cuando andabas y que rechiflan a los niños. Hasta que hace dos días no era capaz de distinguir a Enzo en el parque porque se nos empezó a hacer de noche y el tío iba que se las pelaba con su bicicleta. Además aquí los parques tienen una frondosidad que parecen bosques, y eso sumado a que las farolas alumbran menos que un cigarro, y que dentro de nada será de noche a las cuatro de la tarde, me hicieron comerme con patatas ese “yo nunca” cuando vi unas botas de invierno con luces para Maya. Para Enzo no había talla, una pena, así que tendré que seguir buscando. 

A ella por supuesto le han encantado, son moradas, con un poni rosa, y con luces moradas y rosas, vamos, que no pueden ser más cursis, y si por ella fuera, se las pondría hasta para dormir. Sólo por ver su cara de felicidad al ponérselas, y de paso por verla a ella en la oscuridad invernal, me trago ese “yo nunca” con Kartoffeln.

Y hasta aquí mi lista por ahora. Seguro que pensándolo con más tiempo añadiría muchos más… en cualquier caso me quedo con los “yo nunca” que sí que mantengo. 

Yo nunca dejaré de decirles cuánto que les quiero.
Yo nunca pasaré un día sin haberles hecho reír a carcajadas al menos una vez.
Yo nunca dejaré de darles un millón de besos y abrazos cada día.
Yo nunca me iré a la cama enfadada con ellos.
Yo nunca dejaré de aprender de ellos.

Y vosotras, ¿cuáles son vuestros “yo nunca”?

¡­Feliz sábado! 

lunes, 13 de marzo de 2017

BerlinDiaries #5: Y llegó la pequeña berlinesa!

Llevo más de un mes y medio para escribir esta entrada. Y sí, ya se que la excusa de “es que no tengo tiempo”, no cuela, simplemente tengo otras preferencias vitales, como dormir en este caso. La verdad es que no me puedo quejar, Vera es una bendita y duerme bastante bien por las noches para tener dos meses, pero aún así yo me voy arrastrando por la vida. Los niños me tenían “demasiado bien acostumbrada” durmiendo  del tirón toda la noche y ahora zasca!

Bromas a parte, quería contaros como nos había ido desde la última entrada y la mayor novedad desde entonces es que la pequeña berlinesa nació el 14 de enero! Después de mi terror de que la niña llegara antes de tiempo sin nadie de la familia aquí, lo que hubiera supuesto 1) que hubiéramos tenido que dejar a los niños con los vecinos alemanes; o 2) que yo me hubiese tenido que ir a parir sola, resulta que la niña no sólo no se adelantó sino que llegado su día, no había ningún atisbo de que aquello progresara. El día 12 de enero mi ginecóloga me dijo que la niña estaba todavía muy arriba y que la cosa tenía pinta de ir para largo, y yo salía de cuentas al día siguiente, así que teniendo en cuenta que mis suegros llevaban ya varios días aquí a la espera del nacimiento, que no les quedaban más uñas que morderse, y que se iban en otros pocos días, no podía arriesgarme a que se marcharan sin que hubiera nacido, y comencé oficialmente mi entrenamiento para el parto, o lo que cariñosamente llamo “entrenamiento Bootcamp”. Si, como los militares, desde que en mi primer embarazo mi amiga Ainhoa, creadora de esta técnica revolucionaria, me lo enseñase. Y ¿en qué consiste?, pues en andar, pero en andar, ANDAR, o sea, andar en el punto en que andar deja de ser “andar” para empezar a ser “correr”. Como se suele decir, andar a un ritmo que no te permita casi ni tener una conversación con tu compañera de fatigas. Dicho y hecho, ese mismo jueves empecé con 5 km por la tarde, al día siguiente fui a recoger a Macho Alfa al trabajo y en total hice otros 10 km, 5 de ellos acompañada por él en solidaridad conmigo. Y el sábado hice otros 7,5. Y como en los otros dos embarazos, funcionó de maravilla. Empecé con contracciones a las dos de la tarde y a las cinco y cuarto lloraba sin poder ni querer contener la emoción al tener a Vera encima de mi pecho por fin.

El momento parto me daba un poco de miedo terror, no por el parto en sí, sino porque me tocase un médico, enfermera, etc que no hablase ni papa de inglés; que hablasen español me hubiera parecido un milagro… pero por suerte la matrona que nos tocó se defendía más o menos y fue todo amor con nosotros. Fue totalmente diferente a España, para empezar porque llegué y me metieron en una habitación donde había una especie de cama grande y una bañera con unas cintas colgando del techo en plan el circo del sol, así que interpreté que podía dar a luz en la cama, en el agua, o ¿colgada de alguna manera?. Tampoco nos íbamos a poner a innovar en ese momento… pero ni rastro de chismes para poner los pies y no poder moverte de postura, ni rastro de material quirúrgico… quizá muchas que me leáis hayáis tenido partos así, o en sitios así, pero para mi era toda una novedad.

Al llegar lo primero que le dije, para que no tuviéramos malos entendidos, fue, -Hola estoy de parto, y quiero una anestesia epidural, por favor-, con la cara un poco compungida y una contracción que me partía en dos la cintura. Y la matrona me miró raro, y me dijo, “¿Pero estás segura?”, -Ya empezamos a tocar las narices con el tema- pensé yo. “Es que puede retrasar mucho el parto”, continuó ella. Yo con una sonrisa y ya sin contracción le dije muy amablemente, que prefería un parto indoloro de quince horas que uno “a pelo” de tres. Como vio que no era alemana, debió pensar, “ésta no nos lo aguanta”, y por fin fue a llamar a la anestesista. La dosis que me pusieron fue lo suficientemente baja como para que pudiera sentir y mover las piernas pero perfecta para quitarme el dolor, que era todo mi propósito. Así que Vera llegó al mundo en poco más de tres horas para hacer a su madre la persona más feliz del mundo en el momento en que me la pusieron encima y me medió miró con esa mirada de topillo de los bebés que en realidad ni ven, pero intuyen, oyen y huelen que su madre está ahí.

Y qué olor tenía, el olor de los bebés es algo indescriptible, y le dan a una ganas de pasarse las horas muertas oliéndole la coronilla a la personita recién nacida, y sin darnos cuenta se va desvaneciendo poco a poco… deberían venderlo en botellas.

Y desde que ha llegado a esta familia de locos, nuestra rutina,  que nos había costado sudor y lágrimas establecer, por suerte no se ha visto demasiado afectada. Los niños están en la kita encantados, y súper adaptados, aprendiendo sin darse cuenta cada día más palabras de alemán. Temo seriamente el día en que me empiecen a hablar en alemán a mi, aunque por otro lado igual así ellos mismos me enseñan… Adoran profundamente a su hermana, y me ayudan un montón con ella. Maya le intenta poner el chupete cada vez que abre la boca, la pobre se lo sujeta contra la boca hasta que Vera deja de forcejear con la lengua y lo coge. Debe pensar, “con lo tozuda que es mi hermana, mejor me dejo el chupete y ya lo escupiré cuando se de la vuelta”. Y qué razón tiene! Cuando a la rubia se le pone algo entre ceja y ceja… Y Enzo, cada vez que Vera protesta o hace un amago de echarse a llorar me dice –Mami Vera está protestando-, aunque yo misma esté al lado de Vera, por si acaso estoy en la inopia y no me doy cuenta, imagino. Muy atentos ellos.

Yo por mi parte voy haciendo pequeños avances con el alemán gracias a un par de aplicaciones del móvil, que es más o menos lo único que puedo hacer dado que me paso unas 12 horas al día amamantando a la lechona (así se está poniendo la tía). Así que poco a poco voy tomando contacto con el idioma y perdiéndole el miedo.

Y después de casi siete meses aquí podemos decir que tenemos ya nuestra vida más o menos hecha, incluso con una reducida pero intensa vida social. Al final poco a poco, las cosas se van colocando en su sitio.

Prometo retomar el blog poco a poco, aunque sea a base de escribir como lo estoy haciendo ahora, con Vera dormida en su hamaquita-balancín mientras la meneo con la pierna como si estuviera cosiendo en una máquina antigua. Las agujetas que voy a tener cuando termine, bien valen haber podido publicar una nueva entrada.

¡Feliz lunes! 

martes, 27 de septiembre de 2016

BerlinDiaries #3 Ya casi un mes...

Parece que después de casi un mes las cosas empiezan a ponerse en su sitio (muy despacio, eso sí). De momento hemos conseguido el Kitagutschein (cheque guardería) y ahora lo que nos falta es la guardería donde tengan plaza en sí, cosa complicada en Berlín… veremos si hay suerte. 

Yo entre tanto tenía que buscar ginecólogo aquí para poder seguir con las pruebas pertinentes del embarazo, así que después de mucho indagar en foros de internet buscando opiniones, referencias, experiencias, etc, me decidí por una doctora que hablaba castellano, relativamente cerca de casa, y el viernes por fin tuve consulta. A parte de hacerme la prueba del azúcar, tuvimos una pequeña entrevista para conocernos y ponernos un poco al día mutuamente. 

Los otros dos embarazos los llevé en Madrid a través de un seguro privado, sabiendo que mi ginecólogo era el que me llevaba el seguimiento durante todo el embarazo y además me asistiría en el parto. Aquí ella me llevará el seguimiento y luego tengo que elegir el hospital que mejor me venga o el que más me guste, y por mi cuenta irme allí a hacer una entrevista con ellos en plan “¡Hola!, quiero dar a luz aquí si a ustedes les viene bien” mes y medio antes de la fecha prevista. Una vez allí ya te atiende el día de marras un ginecólogo o una matrona, el que esté, eso como cuando das a luz en la pública en España, ¿más o menos no?

A mi había un tema que me tenía en especial inquieta, y es el asunto de la epidural. No voy a entrar en debates de si es mejor o peor, porque me parece algo tan personal como cualquier otra decisión respecto a este tema, sólo os cuento mi experiencia. Por todo lo que había leído en foros, etc., aquí no es para nada habitual. Y cuando le pregunté a la ginecóloga corroboró mis sospechas. Tal cual me dijo que “aquí no se usa”, que las mujeres alemanas daban a luz de forma “natural”. Yo debí abrir los ojos como platos, porque me sorprendió bastante su comentario. Una cosa es que no sea lo habitual, pero si yo pregunto específicamente por ello, espero una respuesta con las distintas opciones que tengo, si es que las tengo, no que me metas presión diciéndome que las mujeres alemanas son más fuertes y por eso no la piden, y que ponerse la epidural es "antinatural". Así que le contesté que para empezar, y como ya se habría percatado seguramente, yo no era alemana; para seguir, que ya tenía dos hijos y sabía lo que era una contracción al 40%, y no necesitaba saber cómo es al 100%.  Repito lo de antes, que cada una de a luz como mejor le parezca, en un hospital, en una clínica, en su casa, por la pública, por la privada, con epidural o sin ella, pero yo, llamadme cagueta, no quiero pasarlo mal pudiendo hacer el mismo proceso sin sentir dolor. Es posible que siendo el tercero casi se me caiga de camino al hospital y llegue y no de tiempo a que me la pongan, eso es otro tema; pero que no me la pongan porque aquí “las mujeres alemanas no lo piden porque son muy fuertes”, pues mira, no. Yo soy débil, y lo admito, así que doble chute de epidural para la servidora.

Por lo demás la ginecóloga fue encantadora, (no es ironía), no se muy bien por qué le salió esa vena de supremacía aria en ese momento, (sobre todo teniendo en cuenta que ella no es alemana), pero no le daré mayor importancia, ya que la voy a ver exclusivamente en las pruebas necesarias antes del parto.

Además luego comentando con algunos conocidos, le epidural en sí la tengo que “gestionar” con el hospital el día que vaya a hacer la entrevista con ellos, así que iré ya con la lección aprendida para que no me sorprenda tanto si me contestan algo similar.

Por lo demás seguimos descubriendo y aprendiendo cosas, e integrándonos poco a poco como buenamente podemos, hablando inglés o español, porque alemán aún ni papa. Y los niños parece que reaccionan un poco mejor a las aproximaciones de otros niños en el parque, que hasta ahora se llevaban un “¡eso no se dice, niño!” cuando cualquiera se les aproximaba diciendo seguramente algo como “puedo jugar contigo” o “me dejas ese palo?”. Ahora sólo les miran expectantes, como esperando a ver si pueden adivinar lo que les han dicho según el siguiente movimiento del niño en cuestión. Los pobres están desarrollando sus habilidades sociales y su diplomacia a la fuerza. 

Me están gustando muchas cosas de Berlín, para empezar su aire relajado en general, es muy distinto a España. Otra cosa que me gusta y a la que pensé que tardaría más a acostumbrarme es a los horarios "nórdicos". Eso de cenar a las siete de la tarde no lo veía. Bueno, no voy a exagerar, cenamos a las siete y media más o menos, pero es cierto que el día parece que te cunde más cuando un sábado adelantas todo tres horas y a las nueve de la noche estás de vuelta en tu casa después de haber dado un paseo, cenado con unos amigos, charlado un par de horas, y vuelto a casa, (cenando a las seis, claro). Hablé con mi madre después de cenar (yo) y ella acababa de levantarse de la siesta, como hubiera hecho yo cualquier sábado en Madrid. Typical Spanish siesta, para que nos entendamos. 

Me despido por el momento, porque Maya se me está subiendo encima del teclado e intenta escribir ella su propio e ininteligible post con sus deditos rechonchos, así que doy esta entrada por finiquitada.


¡Feliz martes!

miércoles, 14 de septiembre de 2016

BerlinDiaries #2 Después de dos semanas...

Después de dos semanas... instalarse en Alemania no está resultando tan sencillo como lo fue cuando me fui a vivir a Inglaterra hace 8 años. Obviamente porque ahora llevo  la “mochila” de los niños y no puedo campar a mis anchas mientras Macho Alfa trabaja, lo cual está resultando bastante más complicado de lo que esperaba. Diez u once horas desde que se despiertan hasta que llega el relevo paterno son muchas horas juntos, y llega un momento en que no nos aguantamos mutuamente. Mi espacio o tiempo particular ha quedado reducido a la nada más absoluta, y cuando llega el momento en que disfrutar de hacer un pis a solas, se convierte en un lujo fuera de tu alcance, es que la cosa está ya pasada de rosca.

Para más inri Enzo está viviendo su “primera adolescencia”, y está en plan rebelde-way a todas horas. Cada vez que le digo algo, cualquier cosa, desde “ve a hacer un pipí” a “por favor Enzo, recoge tu habitación”, me suelta “pues tú no me digas eso” y se va con paso digno y enfurruñado. Y lo peor es que Maya que es un monito de repetición, va y me suelta lo mismo con su lengua de trapo esta tarde cuando la he regañado por quitarse el pañal y la ropa en medio del salón e ir corriendo en bolas por toda la casa. Con su par de dos, va la tía y me suelta algo como “y-puu-no-me-dia-eeeesoooooooo”, y mi cara, un poema, claro.

Así que así nos las gastamos, yo hoy me río por no llorar, porque ha sido un día muy largo y muy duro. Como os contaba, la vez de Inglaterra fue mucho más fácil al ir dos adultos solos, por supuesto, pero es que en este caso la barrera del idioma está suponiendo unos obstáculos mucho mayores de lo que imaginaba. He debido oír unos cuantos cientos de veces la frase “pero si en Alemania todo el mundo habla inglés”. ¡JA! Vete a solicitar el cheque guardería o a empadronarte a cualquier junta municipal de España, que es donde se gestiona eso aquí, y más o menos el mismo inglés que te hable cualquiera allí, será el mismo que te hablen aquí en Berlín. O sea, nada.

El tema del empadronamiento ya os lo conté en el post anterior y está más o menos resuelto. Ahora lo que ocupa mis pesadillas es la kitagutschein. Es el equivalente inversamente proporcional al cheque guardería español, me explico: aquí las Kitas o guarderías de gestión privada, te solicitan de primeras el kitagutschein, que es la parte de la mensualidad que reciben del Estado. En este caso te las dan según las horas que dejes a los niños, entre unas 5 y 9, y eso se traduce entre 300 y 550 € que el Estado paga a la guardería. El resto, (que no siempre hay un resto), lo pones tú. Los que tengáis hijos y hayáis solicitado el cheque guardería, entenderéis ahora por qué he dicho que es lo inversamente proporcional. En España te dan 100 € y el resto lo apoquinas tú, que suele ser un pastizal. Hasta ahí todo genial por poder disfrutarlo, estamos a la espera, a ver si llega pronto y los niños pueden empezar a ir a la Kita, empezar a relacionarse con otros niños, empezar a aprender alemán, y empezar a traducir a su madre desquiciada, o sea, la menda. Y yo con un poco de suerte poder empezar a dar clases de alemán, o a estudiar por mi cuenta, y tener tiempo de centrarme un poco, que estoy ahora mismo como una peonza.

Por lo demás esta semana se ha pasado volando porque hemos tenido la visita de los suegris, que se han marchado esta mañana, y es cierto que aunque no hemos parado, nos ha dado más margen para respirar un poco, (he podido ir varias veces al baño sola, no os digo más). Que nadie se eche las manos a la cabeza que ya me veo los pensamientos de “esta loca solo reniega de sus hijos”,  que quien tenga dos hijos y no sienta lo mismo que yo después de varios meses todo el día con ellos, es que miente como una bellaca. Obviamente yo por mis hijos MA-TO, pero una es persona y mujer también, (aunque a veces no lo parezca). 

Dicho esto, lo poco que he ido haciendo de turismo por aquí, me está gustando mucho. Alucino con mi barrio y con el lago que tenemos al lado de casa, no se si se apreciará en la foto, pero eso del fondo viene a ser como el sitio más cotizado de los alrededores en los días de calor. Es como el club náutico, para ponernos en plan fino, pero en versión lago en medio de la ciudad. Este minilago con orillas inclinadas que no medirán más de 3 metros de ancho, está de bote en bote, y lo mismo te encuentras una familia con sus niños pequeños, que a medio metro tiene una panda de hipsters tocando el uquelele, que a medio metro tiene un grupo haciendo una barbacoa con una barbacoa portátil, que a medio metro vuelve a tener la familia de niños pequeños. Todos ahí apiñados como piojos en costura, y en feliz armonía y convivencia. Esto me encanta. Todavía no he sentido el calor abrumador que deben sentir ellos, (estamos a unos 25 grados) como para que me de por meterme ahí con los dos enanos, buscar ubicación entre tanta gente requiere más pericia que encontrar primera línea de playa en Benidorm en pleno agosto. Pero oye, el ambiente de convivencia y “cada uno a su bola” que se respira, me gusta.

Weissensee

Tengo ganas de tener tiempo y poder perderme durante horas en un museo como la auténtica guiri que soy en esta ciudad.

Y con esto y un bizcocho, me despido, que Macho Alfa acaba de llegar de viaje y voy a disfrutar de mi primera conversación del día con un adulto. Enzo es muy maduro para tener casi cuatro años, pero a tanto no llega mi pobre.

¡Feliz miércoles! 

lunes, 15 de agosto de 2016

¡Mudanza terminada! ya no nos queda nada...

Parece que después de una semana, se puede decir que por fin hemos terminado con la mudanza. ¡Qué coñazo! Uno piensa en mudanza, y se visualiza a sí mismo haciendo cajas, moviendo cajas, tirando trastos. Pero esto ha sido como todo eso a la enésima potencia. Como se suele decir, el parto de la burra. No sé la cantidad de cosas que habré tirado, y he perdido la cuenta de cuántas veces he ido al punto limpio en las últimas dos semanas, la cantidad de ropa que he podido dar… mi filosofía ha sido, ciudad nueva, vida nueva, cambio de aires, y reducir mi armario a lo realmente útil y necesario. Ha sido la excusa perfecta para forzarme a tirar todos esos pantalones que tenía en lo alto del armario “para cuando adelgace un par de kilos”, cosa altamente improbable en un periodo de al menos un año teniendo en cuenta mi prominente barriga de 4 meses de embarazo. Esos jerséis que nunca me ponía porque eran muy finos, o muy gordos, o muy cortos o muy largos. Todo lo que no me he puesto en los últimos dos años, ha pasado a mejor vida.  Y me he dado cuenta de la cantidad de cosas que 1) no sabía ni que tenía, y 2) no me había puesto más de dos veces. ¡Pues todo fuera!

En cualquier caso he calculado bastante mal tanto el tiempo que iba a tardar en empaquetar todo como lo que me iba a ocupar todo empaquetado en sí, y los señores de la mudanza, muy amablemente ellos, me dijeron según vieron el monto de cosas, que no sabía si iba a entrar todo en el camión, yo me eché a temblar, claro, porque no es lo mismo mudarte a otro barrio de tu ciudad, que es tan “fácil” como que el camión haga dos viajes a tu casa nueva en vez de uno, que mudarte a 2.400 km, ahí la cosa se complica un poco.

Por suerte el “mudancero” era un experto en jugar al Tetrix y obró un auténtico milagro para que mi vida entera cupiera en una furgoneta de 19 metros cúbicos.

Tres días después nuestras pertenencias estaban en Berlín sanas y salvas y machoalfa se ha pegado la paliza desde entonces para desempaquetar todo e ir acondicionando nuestro nuevo hogar.

Así que después de una semana como os comento, de locura, de no parar, de tener a los niños colocados entre casa de los abuelos, casa de las tías, etc, por fin pude estar con ellos y no pensar en dónde les tenía que “colocar” al día siguiente. Los pobres estaban tan desubicados que cada vez que me iba de la habitación venían a buscarme como si ya los hubiera vuelto a dejar y me hubiese vuelto a ir. Me he sentido muy mala madre por no poder estar con ellos estos días, porque bastante desubicados estaban ellos ya de por sí con machoalfa en Berlín desde hace ya varios meses, como para que su madre desapareciera del mapa varios días y siempre a traición. En fin, espero que no se acuerden de esto cuando sean mayores.

Y no se si recordáis que había vuelto “al cole” con un intensivo de alemán, bueno mejor no voy a decir mucho al respecto, salvo que no se ni decir “no hablo ni papa de alemán” que era mi objetivo a conseguir. Vamos a dejarlo en que con la mudanza tenía la cabeza en otra parte. Ya aprenderé allí aunque sea a base de engancharme a novelas en la tele. Mi cabeza no ha dado para más con tanta cosa.

Y no tengo mucha más novedad por el momento. Sólo quiero que llegue ya la hora de volver a estar juntos, en Berlín o en la Conchinchina, que esta situación de tránsito empieza a ser un poco pesada. Y sí, ya sé que no queda nada, pero ¡parece que nunca llega! Desde mañana nos espera una semanita en la playa para disfrutar sin prisas y sin tiempos que cumplir, y sin cajas que hacer. Y sobre todo para coger todo el sol que no vamos a coger en el próximo año. Y el día 30 ponemos rumbo a nuestra nueva vida. Así que entre tanto, para llevarlo mejor, me comeré todos los espetos que me quepan entre pecho y espalda y un kilo de berenjenas con miel al día, para subir el nivel de endorfinas, más que nada, y por supuesto siempre a vuestra salud.


¡Feliz (hoy no sé ni qué día es)!

jueves, 9 de junio de 2016

Apocalipsis day

Ayer fue un día apoteósico. Llegué a casa después de recoger a los niños del colegio, sudando como un pollo por este calor que ha llegado a Madrid sin avisar y sin pedir permiso, para encontrarme cinco, ni una ni dos ni tres ni cuatro, sino cinco abejas revoloteando en mi micro tendedero. Inmediatamente se me activó el modo ON de madre súper protectora de mis polluelos y me encerré en la cocina, no fuera a ser que alguna consiguiera colarse, y se fuese directa a por los niños!

Allí me atrincheré trapo en mano, para ir aniquilándolas a trapazos una a una. Un cuadro. Abría la puerta del tendedero un poquito, lo justo para meter la mano y el trapo y poder agitarlo tan fuerte como me permitía el escaso ángulo de maniobra. Y así fui acabando con ellas. Con la última me vine arriba y como ya sólo era una, abrí la puerta del tendedero del todo y pegué dos trapazos demasiado fuertes y desatinados, y acabé cargándome la bombilla del tendedero. Finalmente acabé con la única superviviente y me pasé la tarde observando el tendedero por si volvía a ver algún bicho revolotear.
Veremos lo que me encuentro hoy cuando llegue.

Animales aparte, viendo que ya eran las seis y pico de la tarde, decidí meter a los niños en la bañera para dejarles jugar más rato del habitual baño a toda carrera. Después de media hora salpicando como locos había más agua fuera que dentro de la bañera. Salieron arrugados como pasas. Y yo empapada como si me hubiese bañado con ellos.
Cenamos en relativa paz y armonía los tres a las siete de la tarde; sí, horario inglés. Pero “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, y aquí sería algo como “no dejes para dentro de una hora algo que puedes hacer ahora mismo, con la jartá de cosas que te quedan por hacer luego”.

Después de cuentos varios y remoloneo nocturno por fin se durmieron los dos y yo casi lloro de felicidad cuando vi que aún eran las 8 y media de la tarde. Me vine arriba pensando que quizá un día podría acostarme pronto, y me puse a doblar las tres toneladas de ropa que me saludaban desde la mesa del salón, que parece un agujero negro que atrae y concentra la ropa de toda la casa. Sólo que al revés, en vez de hacerla desaparecer, la multiplica; y la maldita no se acaba nunca. ¡Doblar ropa es como el día de la marmota!

Terminé mis quehaceres domésticos agotada, pero aún quedaba lo mejor: preparar el disfraz de cabaretera de Maya para su festival de fin de curso. Si, como lo habéis oído, de cabaretera. Con boa y todo, rosa fucsia. Aquí un rápido DIY de cómo lo he hecho. Compras en tu ultramarino asiático más cercano una boa del color al gusto y un collar de bolas del mismo color a ser posible, y una pluma más grande, la mía es tipo pavo real. Camiseta de tirantes larga negra a la que no tengas mucho aprecio, a la cual le pegas plumas de la boa (no había felcos en el ultramarino asiático) en el bajo a base de pegotazos con la pistola de silicona líquida (mi nueva mejor amiga). Con una hoja de GomaEva de color a elegir, cortamos una tira del largo que corresponda para que vaya alrededor de la cabeza de la niña en cuestión y le pegamos de la misma manera la pluma de pavo real o de lo que sea. A la boa le atamos unos lacitos en los extremos para poder enganchárselos a la muñeca de la niña y que no la vaya arrastrando por medio mundo. Y tachán! Resultado próximamente en fotos.

Después de todo esto aún tuve tiempo de mantener dos conversaciones con personas adultas por teléfono y acostarme antes de las 10 y media de la noche, muy contenta con mi logística y con todas las cosas que me había dado tiempo a hacer. Y con un hambre que me moría después de haber cenado a las 7 de la tarde.
La felicidad me ha durado pocas horas porque a las 3 de la mañana Enzo se ha levantado, cosa bastante rara en él, y se ha desvelado durante nada más y nada menos que dos horas y media, despertando en uno de sus berrinches a Maya.
Y así terminó mi día, o mejor dicho, así he empezado el día de hoy. Con un sueño que me muero. Esto de estar de madre “soltera” con el marido expatriado es más agotador de lo que imaginaba.

Por cierto, esta mañana cuando he abierto las ventanas para ventilar la casa, se me ha colado otra abeja en casa por una ventana distinta. A ver qué leches hago como el nido de abejas está por fuera en la fachada.


¡Feliz jueves!

martes, 23 de febrero de 2016

Cómo NO educar con el ejemplo

Acabo de leer esta noticia y estoy en shock. El titular es "Denuncian a la profesora de un niño de ocho años por atarlo a la silla en presencia de sus compañeros". Si esto es cierto, ¿cómo es posible que una profesora se comporte de esta manera con un alumno? No soy profesora, no sé qué puede sentir una docente si tiene un niño más revoltoso o más inquieto en clase, si quizá ese niño "contagia" el revuelo a los demás; a lo mejor es un mal educado y falta el respecto a la profesora y a sus compañeros, por ponerme en el peor de los casos. Seguro que se debe sentir sobrepasada en muchas ocasiones, pero entiendo que hay mil fórmulas antes que ir al gimnasio, coger una cuerda, volver a la clase, y atar a un niño de 8 años a una silla, en presencia de todos sus compañeros.

Bonita lección para dar al resto de sus alumnos. Todo un ejemplo a seguir. 

Como digo, yo no soy profesora, pero sí soy madre, de dos niños que me pueden sacar mucho de mis casillas en ocasiones, sobre todo al final del día cuando ellos están cansados igual que yo, y esto hace que pierda la paciencia muchas veces. Pero es mejor respirar dos veces e irte de la habitación antes que hacer alguna barbaridad. Y no sé qué se le pasaría a esa señora por la cabeza en ese momento, pero desde mi punto de vista, no debería volver a dar clase a niños de esa edad nunca más.  

Todo esto me ha traído a la mente una profesora que había en mi colegio, se llamaba Carolina, y creo recordar que la llamábamos la Trol. Sí, los niños son crueles, pero la señora medía 1,50 y realmente parecía un trol de los de David el Gnomo, así que el mote no podía ser otro. Doña Carolina en cuestión, un día me cruzó la cara de un bofetón porque me salí de la fila para ir a clase. No estaba haciendo nada más que revolotear como el resto de los niños que estábamos encerrados en un pasillo en vez de a nuestras anchas en el patio, porque era un día de lluvia en el que estábamos en el interior del colegio, durante el recreo de después de comer. Yo estaba en quinto curso, es decir, tendría unos 10-11 años. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Mi madre fue a hablar con el director, o con la profesora, o con los dos, no recuerdo eso porque yo no estaba en la reunión, y al final todo quedó en que ella no me había pegado, me lo habría inventado, sólo me había llamado la atención, cosas de chiquillos. Valiente hija de perra mentirosa.

Está claro que la educación de los niños empieza en casa, eso por supuesto; es cuestión de los padres, familia, tutores, etc. pero debería tener una continuidad en las aulas. Y los padres llevamos a nuestros hijos a los colegios confiando en que la persona que está a su cargo va a enseñarlos, sí, pero también va a educarlos y a cuidarlos, porque al fin y al cabo es de alguna manera una prolongación de nosotros mismos durante las horas en las que el niño está en el colegio; es el adulto de referencia durante ese tiempo. Y me parece inadmisible que ese adulto de referencia ejerza semejante comportamiento con nadie, porque ni enseña, ni educa, ni mucho menos cuida al niño.

Es genial ver como cada vez hay más noticias sobre colegios que evolucionan en su forma de enseñar, profesores que son todo un ejemplo del cambio positivo que aunque muy lento, parece que se va dando poco a poco en nuestro país. Y luego está la otra cara de la moneda, con estas noticias, de profesores que no sé muy bien por qué son profesores, porque pocas profesiones me parecen más vocacionales que la labor de enseñar.

En fin, que para dar ese ejemplo, y si quería atar y someter a alguien mejor podría haberse dedicado a ser dominatrix, o a los rodeos de vacas o caballos.  


¡Feliz martes!