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viernes, 12 de julio de 2019

Cosas que salen cuando una tiene ganas de escribir...

Octubre de 2017, madre mía, con lo que a mi me gusta escribir y desde entonces no he escrito ni una entrada. Cierto es que me explayo en algunas fotos de Instagram lo que no está escrito, pero no es lo mismo, para qué nos vamos a engañar. Así que discúlpenme por el rollo que me dispongo a soltarles, pero una viene con ganas. 

Y es que después de varias semanas de vacaciones con siesta diaria de dos horas, hoy he decidido ganarle al reloj ese par de horitas, (y quitárselas al consiguiente insomnio nocturno derivado de levantarse de la siesta a las seis de la tarde), y sentarme a escribir. Que me lo he ganado. Después de todo he estado haciendo una hora de escritura y matemáticas con Enzo, le he pintado las uñas con purpurina a Maya, (nunca es suficiente brilli brilli), y la pequeña berlinesa se ha quedado dormida sobre la cómoda y acolchada tripa de su padre en el salón, con charquito de babas incluido, qué idílico, y lo digo sin una pizca de ironía.

Siempre podría buscar cosas que hacer en la casa, pero me niego. Me he sentado con el ordenador dispuesta a escribir seguida de Maya que se ha sentado a mi lado y me ha preguntado “¿qué vamos a hacer, mami?”. Yo, cara de circunstancia, “voy a escribir”. Y ella “vale, escribe el cuento de los tres cerditos”. Yo, más cara de circunstancia, “no cariño, voy a escribir lo que me salga, las cosas que pienso y siento”. Ella, con ojos de curiosidad, ha decidido no añadir más a la conversación y se ha marchado con sus uñas resplandecientes a ver el tenis con su abuela. Aún no me creo que haya conseguido quedarme sola en una habitación. Lloro por dentro de la alegría y el entusiasmo de disfrutar de minutos en soledad para escuchar el silencio, o en este caso, los pájaros foráneos (parecen cacatúas) que defienden el territorio invadido volando como aviones caza alrededor de las casas, (como vuelen bajo un día y se nos cuelen en el jardín, estamos aviaos, ¡qué agresividad, señor!); el partido de tenis que están viendo la abuela y Maya, el de verdad que están jugando los vecinos de enfrente, y las motos trucadas que suben y bajan por la calle principal como carracas con sus tubos de escape escacharrados adrede.

Y es que el verano es lo que tiene, que tienes tanto tiempo que te aburres de no hacer nada, pero tampoco haces nada en concreto y pierdes todo ese tiempo en eso mismo, en no hacer nada, dolce far niente siempre suena más cool, donde va a parar. Sobre todo cuando uno veranea en verano. Del verbo veranear, que no es lo mismo que irse de vacaciones. Mi concepto de veranear está muy claro y definido, uno se va a un lugar donde se encuentra como en casa, y vaga rutinariamente de la casa a la piscina o playa, de ahí al aperitivo donde no puede faltar tinto de verano, patatas fritas y aceitunas, come, se echa dos horas de siesta, o tres, lo que se tercie; se levanta, merienda, se deja caer de nuevo en la playa o piscina hasta que el sol diga hasta mañana, se da un paseo por el paseo marítimo, cena en casa o en un chiringuito, y se mete un helado de medio litro de Kinder Bueno entre pecho y espalda. Esto último es de vital importancia, como se podrán imaginar. 

Eso, es veranear para mí. Irse de vacaciones no tiene nada que ver con eso, irse de vacaciones es cogerte un avión para irte a un sitio donde seguramente no pares de visitar monumentos, o museos, o incluso playas, pero no con esa parsimoniosa calma y completa ignorancia del día u hora en que se vive con la que uno veranea. Pero esto es sólo mi forma de verlo.

El caso es que nosotros este verano hemos veraneado de lo lindo. Y la semana que viene los retoños se quedan dos semanas más de veraneo con los abuelos, para darles un respiro de nosotros, y a nosotros para darnos una botella de aire que nos durará meses.  No solo porque mi señor esposo y yo nos vayamos solos, lo que es solos, de vacaciones, ahora sí, cosa que no ha sucedido en los últimos 4 años, y que realmente necesitamos como agua de mayo. Sino por el hecho de las energías que uno puede llegar a perder cuando está tres semanas non-stop con su prole. Este eterno yo por mis hijos ma-to, en contraposición del por dios, que se duerman ya. Y lo mismo que tiene veranear de fabuloso, esas siestas de dos horas, ese no mirar el reloj, lo tiene de aterrador, porque con una siesta de 3 a 5, a ver quien es el guapo que mete a sus hijos en la cama antes de las doce de la noche. En fin… que siempre nos quejamos de lo que no tenemos. Y así como ahora, no me quejo de lo que tengo, pero sí miro con anhelo el momento en el que esté subida en el avión rumbo de vuelta a Berlín, para trabajar unos días, que una de vez en cuando también trabaja; y sueño con esos días con mi señor marido en la playa, o en un restaurante, o paseando, sin pequeños humanos corriendo alrededor. Pero también sé que pocos días después estaré mirando sus fotos en el móvil y deseando hablar con ellos y escuchar sus voces por teléfono. Por otro lado esa espera seguramente se me hará más llevadera mojito en mano viendo el atardecer desde Menorca. Lo dicho, la bipolaridad de la maternidad. 

En fin, que yo venía con muchas ganas de escribir, pero quinientas palabras después, vuelvo a estar rodeada de personas, que poco a poco me han ido trayendo la fruta para merendar en la mesa de la terraza, y mi bañador para que me lo ponga diciéndome sin decirme que lo que toca después es la piscina. Esta rutina nos la sabemos todos bien. Maya y Enzo se pelean ahora por el último croissant de chocolate del Mercadona, y esto me indica que tengo que ir finiquitando mi entrada a la velocidad de la luz. Así que sin más, me despido y les deseo a todos ustedes unas felices vacaciones, un buen veraneo y un buen verano en definitiva, hagan o que hagan y lo pasen donde lo pasen.  

¡Feliz verano!

lunes, 11 de abril de 2016

La odisea de comer con niños en un restaurante

Recuerdo un tiempo tan lejano que casi parece otra vida, cuando Enzo era bebé, (¡cómo pasa el tiempo!), en el que íbamos con él a cualquier parte. Cenar un fin de semana en un restaurante no era ningún problema, porque a él le enchufabas su biberón de medio litro y se dormía hasta en un concierto de Metallica. Pero cuando empezó a coger movilidad, la cosa cambió y fue imposible ir a tomar café a cualquier sitio mucho más allá del Vips donde no pasaba nada porque el niño estuviera haciendo ruido o por el suelo entre las patas de las mesas y las sillas y los restos de comida que previamente habían ido cayendo al suelo. Después llegó Maya y aunque también tuvo su etapa de bebé silencioso y dormilón, Enzo para entonces ya era un torbellino; imposible lidiar con las dos fieras en un restaurante que no fuera un parque de bolas.

Por eso me he sentido tan identificada con este artículo. Me ha parecido genial!
Soy partidaria de ir con los niños a restaurantes, cafeterías, museos, etc., porque creo sinceramente que es importante que desde pequeños vayan aprendiendo (a su ritmo, obviamente) que hay que comportarse en los sitios; que hay lugares en los que hay que estar callado (en la medida de lo posible), y lugares en los que no se puede correr, por ejemplo.

Lo de cenar fuera… lo practicamos menos porque tienen unos horarios que en la medida de lo posible intento respetar; mis enanos son niños "madrugadores", sobre todo los fines de semana, y esa frase de "¡bueno, si se acuestan más tarde mejor!, ¡así se levantan más tarde!" es claramente de una persona que no tiene hijos, o que tiene más suerte que si le hubiera tocado el Euromillón, porque por mi experiencia con mis hijos y allegados, no sólo se despertarán a la misma hora, sino que lo harán agotados por las horas que les falten de sueño, y tú sufrirás las consecuencias en tus carnes con más sueño del que viene de serie, así que las cenas no compensan. End of story.

Las comidas sin embargo son otro asunto, a medida que se van haciendo más mayores se puede salir más con ellos, aunque mis aspiraciones son mucho más básicas que ir al restaurante más cool del momento o al último brunch de moda. Nooooo, yo con poder comer sin acabar desquiciada ¡me doy con un canto en los dientes!. ¡Hasta un McDonalds me viene bien!
¡Y me he visto tan reflejada en el artículo…! porque mis estrategias a seguir son tal cual:

1. Sitio lo más ruidoso posible. Lo suyo es el nivel de decibelios justo inferior a la necesidad de usar megáfono o hablar por señas entre los adultos sentados a la mesa. 

2. Móvil siempre con batería. Parece mentira que yo, que soy antimóvil para los niños, diga esto, pero así es, lo admito. Llegados al punto en que su comida se ha terminado, y tú todavía no te has tomado ni el segundo, la Patrulla Canina salva cualquier situación. Marshall, Rocky, Zuma, Sky y no sé cómo se llaman los demás, son mis mejores amigos en las comidas fuera de casa. Maya prefiere Peppa Pig o “papiiiiiigg”, como dice ella. La simpática familia de cerdos ameniza nuestras sobremesas de lo lindo. 

3. Más sentido común. Ante todo, usar un poquito éste que a veces es el menos común de los sentidos. Igual que no voy a meter a los niños en un concierto de música sacra, tampoco voy a meterles en un restaurante de pitiminí, porque ni ellos, ni el resto de los comensales, ni los camareros, ni por supuesto nosotros, vamos a disfrutar de la comida, así que, ¿qué sentido tiene?

Lo que echo en falta son restaurantes adecuados para ir con niños, o adaptados a ellos, sin perder la esencia en sí de ser un restaurante y tener la máxima de servir buena comida y dar un servicio en condiciones. Siempre tienes la opción del megaparque de bolas donde tú comes un sándwich como si estuvieras de picnic; o algún restaurante que ha visto el nicho de mercado y sabiamente ha contratado una animadora que debe acabar su día a base de Lexatin después de lidiar con todos los niños del local durante las horas que dure la comida. Pero generalmente la comida, aunque más variada, no suele ser de la misma calidad que si vas a un restaurante “todoterreno” normal, que no lleve ese apellido de “para niños” al final. ¿No tenéis esa sensación?

¿Cuáles son vuestros consejos para ir a comer con niños a un restaurante?, ¿alguno que hayáis probado que podáis recomendar?

¡Feliz lunes!

miércoles, 8 de julio de 2015

Vuelta de minivacaciones - zen on

Vuelta de otras minivacaciones y vuelta a la realidad, y a los 45 grados que parecen 45.000 que hace en Madrid. ¡Qué horror!

Una vez superadas las seis horas de coche, que son seis horas de bipolaridad sentada con los niños en el asiento de atrás, en las que pasan de la risa al llanto en cuestión de 30 segundos, y a la locura porque han visto un tractor, o una vaca, o un toro gigante de Osborne, o básicamente cualquier cosa de las que no ven en su entorno más de ciudad que los parquímetros. Una vez superado eso, empiezan las vacaciones, ¡yuhu!

Igual cuatro días no suenan a vacaciones de ensueño, pero cualquier cosa es bienvenida para salir un poco de la rutina, cambiar de aires, y desconectar, sobre todo desconectar. Porque en vacaciones todos nos relajamos. Creo que yo me relajo en todas mis facetas, también en mi faceta de madre; y mis hijos se relajan en su faceta de hijos, están más a su aire, salen a investigar más, me borran menos el nombre, y se pegan más carramolazos*, eso sí, pero oye, ¡es que todo no se puede tener! Y el caso es que esto, a una, de vez en cuando, le viene hasta bien, (por no decir que es más necesario que el aire que respiro).

A parte de que la vida al lado del mar, ya sea tirado en una hamaca en la playa, paseando por el paseo marítimo o  comiendo pescadito frito en cualquier chiringo, lleva otro tempo y te arrastra con él. O igual es sólo salir de la city y cambiar de aires, da igual playa que montaña, el caso es que yo he vuelto en modo zen. Parece que he estado 4 días de spa.


Y el resto del verano… pues hasta las vacas XXL en agosto tendremos que conformarnos con la piscina comunitaria, que bien nos hace el apaño para las tardes apiñados debajo de las 4 sombrillas, cotizadas a precio de caviar de beluga. Y aún no tengo plan vacacional para la tropa, ni idea de dónde vamos a ir, pero como os he dicho, estoy en modo zen, así que me la trae al pairo; ya lo pensaré.

Si se os ocurre destino de ensueño bueno, bonito y barato, (si es tipo el de la foto, mejor que mejor), ya sabéis, una servidora, es toda oídos, y las sugerencias son siempre bienvenidas, (cualquier cosa con tal de no pensar en otra cosa más). Hasta mediados de agosto, aún hay tiempo, y si decidimos a dos días, pues mira, nos gusta vivir al límite, ¡improvisación al poder! ouh yeah! 



¡Feliz (y zen) miércoles!


*Carramolazos: del “Diccionario de Carmen”, aka mi santa madre. Véase, caída, golpe, también mochazo.